Durante siglos, el vacío se concibió como la ausencia total de materia y energía. Sin embargo, la mecánica cuántica desmintió esta intuición: el vacío es en realidad un océano efervescente de partículas virtuales, pares de fotones que emergen y se aniquilan mutuamente en lapsos infinitesimales de tiempo sin dejar rastro aparente. En la década de 1970, la teoría predijo que si un espejo oscilara a una velocidad cercana a la de la luz, podría separar estas parejas antes de su aniquilación mutua, transformándolas en radiación detectable. Este fenómeno se bautizó como el Efecto Casimir Dinámico.
Hacer vibrar un espejo físico a semejante velocidad destruiría cualquier material conocido. Por ello, en 2011, investigadores de la Universidad Tecnológica de Chalmers en Suecia idearon una solución brillante: emplearon un circuito cuántico superconductor denominado SQUID (Dispositivo Cuántico de Interferencia Superconductora). Al modular un campo magnético miles de millones de veces por segundo, alteraron la longitud eléctrica del circuito, simulando a la perfección un espejo moviéndose a más del 5% de la velocidad de la luz.
El resultado fue histórico: del vacío cuántico más frío y oscuro brotaron fotones reales en el rango de las microondas. La energía cinética transferida al sistema dotó de masa y realidad a entidades que hasta entonces solo existían como fluctuaciones matemáticas.
Este experimento no solo demostró de forma concluyente que el vacío absoluto no existe, sino que ofreció una vía experimental clave para investigar fenómenos análogos del cosmos profundo, como la elusiva radiación de Hawking que escapan de los confines de los agujeros negros.
Fuente: Chalmers University of Technology / Nature (2011)