Mucho antes de que los primeros agricultores humanos sembraran sus cultivos, un grupo de insectos ya había perfeccionado la técnica en las profundidades del suelo: las termitas. Algunas especies, especialmente en África y Asia, son maestras de la micocultura, cultivando sus propios 'huertos' de hongos dentro de sus elaborados termiteros.
El proceso es fascinante: las termitas obreras recolectan materia vegetal muerta –madera, hojas o hierba–, la mastican y la digieren parcialmente, mezclándola con sus heces. Este sustrato, rico en celulosa, se convierte en el fertilizante perfecto para un hongo específico (del género Termitomyces) que las termitas cultivan meticulosamente. El hongo, a su vez, descompone la celulosa de forma eficiente, produciendo azúcares y proteínas que las termitas pueden asimilar, algo que no podrían hacer solo con la materia vegetal.
Esta simbiosis mutualista es un pilar fundamental para la supervivencia de estas colonias, que pueden albergar millones de individuos. Los termiteros no solo son fortalezas, sino también intrincados sistemas de ventilación y climatización que mantienen las condiciones óptimas para el crecimiento del hongo, con temperaturas y niveles de humedad constantes, incluso en los ambientes más extremos del desierto. Se estima que esta práctica agrícola ha evolucionado durante al menos 30 millones de años, mostrando una sofisticación ecológica asombrosa.
Fuente: National Geographic, Smithsonian Magazine, Nature Communications, Science Magazine