En los densos bosques de Alaska y Canadá habita un auténtico maestro de la criogenia natural: la rana de bosque (Lithobates sylvaticus). Mientras la mayoría de los animales buscan refugios profundos o migran al sur para evitar el letal invierno polar, este anfibio de apenas siete centímetros permanece entre la hojarasca superficial y permite que el frío extremo lo congele por completo.
Cuando el termómetro desciende bajo cero, hasta un 70% del agua de su organismo se convierte en hielo sólido. Sus ojos se tornan cristalinos y rígidos, su corazón deja de latir, la respiración se detiene y la actividad cerebral se apaga por completo. Desde el punto de vista clínico tradicional, el animal está técnicamente muerto.
El secreto para no morir en el intento radica en una formidable proeza bioquímica:
- Jarabe protector: En cuanto la piel percibe la formación inicial de cristales de hielo, el hígado descarga cantidades astronómicas de glucosa y urea en el torrente sanguíneo, multiplicando su concentración por cientos.
- Preservación celular: Esta altísima densidad de azúcares actúa como un anticongelante que limita la congelación al espacio extracelular, protegiendo el interior de las células para evitar que los cristales afilados rasguen sus membranas vitales.
Al llegar la primavera, ocurre el verdadero milagro: el animal se descongela desde el interior hacia afuera. En cuestión de pocas horas, el corazón reanuda sus latidos de forma espontánea, el flujo sanguíneo se reactiva y la rana comienza a saltar en busca de pareja, como si nada hubiera pasado. Actualmente, la medicina estudia sus mecanismos para perfeccionar la preservación de órganos humanos destinados a trasplantes.
Fuente: Journal of Experimental Biology / University of Alaska Fairbanks