En las profundidades gélidas y oscuras de los océanos, donde la luz solar nunca llega y las presiones son aplastantes, la vida encuentra formas sorprendentes de florecer. Entre estas maravillas se encuentra el Cangrejo Yeti (Kiwa hirsuta), descubierto por primera vez en 2005 cerca de las chimeneas hidrotermales de la Dorsal Pacífico-Antártica. Este crustáceo, cubierto de un "pelaje" sedoso, no solo soporta las temperaturas extremas y los químicos tóxicos de estas fumarolas volcánicas submarinas, sino que los utiliza para su beneficio.
El "pelaje" del Cangrejo Yeti está compuesto por multitud de filamentos parecidos a sedas, que en realidad son una especie de jardín microbiano. Estos cangrejos cultivan activamente colonias de bacterias quimiosintéticas en estos filamentos, especialmente en sus tenazas. Las bacterias se alimentan de los sulfuros de hidrógeno y metano que emanan de las ventilas hidrotermales, transformando estos compuestos químicos en energía. Lo más fascinante es cómo el cangrejo "cosecha" su alimento: mueve rítmicamente sus tenazas hacia el flujo de las ventilas para ventilar y nutrir a sus bacterias, y luego las raspa con una serie de setas bucales para consumirlas.
Esta estrategia de "agricultura" bacteriana permite al Cangrejo Yeti sobrevivir en uno de los entornos más hostiles del planeta, demostrando la increíble adaptabilidad de la vida. Su existencia subraya cómo la Tierra aún guarda secretos biológicos que desafían nuestra comprensión y nos invitan a explorar más allá de los límites conocidos.
Fuente: Investigación científica marina, National Geographic